El jazz no es pose, moda ni trending topic.

By abril 30, 2020Blog

Hoy se celebra el Día Internacional del Jazz para sensibilizar a los seres humanos sobre sus virtudes y sus enseñanzas. Del jazz podemos derivar innumerables lecciones, aplicables a cualquier rama de la actividad humana. El jazz nos enseña a interactuar, a escuchar para entender y a entender para dialogar. A través del arte de la improvisación, el jazz nos enseña a vivir el presente, sentir su insustituible energía y explotar sus infinitas posibilidades. Pero más que nada, el jazz nos enseña a adaptarnos al otro, a comprendernos para transformar juntos la realidad en algo positivo. El jazz lidia con el presente. 

 

El presente es amnésico, realista agnóstico que se alimenta del ser; es un insaciable goloso de átomos, materia, sensaciones, cuerpos, vibraciones, sonidos, arte, música y jazz.

(fragmento de mi libro Arte, Consciencia y Vida, aforismos cuánticos) 

 

Sin embargo, algunas ideas equivocadas sobre el jazz han sepultado sus verdaderas virtudes, impidiendo que éstas desarrollen su verdadero potencial para conquistar el gusto del público a nivel mundial. Uno de los principales estigmas es que el jazz es elitista, a pesar de que nace en el seno de la gente, de un pueblo afroamericano segregado que ejerce la expresión lírica e improvisada del blues como un canto a la libertad, como una forma de expresión que le otorgaría a la humanidad herramientas para confrontar cualquier situación. Sobre otros mitos del jazz escribí esto en mi libro Arte, Consciencia y Vida. 

El jazz no es pose, moda ni trending topic.

 

«El jazz no necesita guaridas secretas ni lugares oscuros con más sombras que personas. No necesita estar en un rincón ni mendigar la atención de nadie haciendo concesiones o vendiéndose al mejor postor. No necesita acompañarse de queso y vino ni es música funcional que engalane un evento con músicos vestidos de esmoquin.  El jazz no es sax ni cantante con vestido sexy. No es los Kralls ni los Bublés. ¡El jazz no es una persona!  El jazz no es día festivo para que se programe una vez al año.  El jazz no es pose, moda ni trending topic. El jazz no es caos, desorden ni anarquía.  El jazz no está muerto, sepultado en la trompeta de Armstrong, encapsulado en los dedos de Peterson o congelado en el refrigerador de la melomanía conservadora.  El jazz no está en Nueva Orleans ni en la sobrevalorada vanguardia de Nueva York.  El jazz no es Take Five ni la Chica de Ipanema ni la música de la Pantera Rosa.  El jazz no es negro ni blanco ni azul, latin, fusión o  free.  El jazz no es para “relajarse” ni es música para viejitos.  El jazz no es música de elevador (en todo caso, ¡te eleva al cielo!). El jazz no es estigma, prejuicio ni juicio.  El jazz no es elitismo ni prototipo.  El jazz no es de nadie, es de todos. El jazz es. 

El jazz se funde con todo pero no se lo traga nada.  El jazz no sólo hace bailar al cuerpo, también al espíritu. El jazz es un movimiento, una fuerza, un huracán; una manera de reaccionar ante la vida y la muerte.  Es una persona que irrumpe el silencio con notas improvisadas, una vez dichas y después olvidadas, cuya fugacidad impacta, penetra, pasma, noquea, hace y deshace el corazón de un escucha con mente y corazón abiertos.  El jazz es el único que se atreve a dialogar con su interlocutor al tú por tú, con los recursos que se tienen, sean pocos o muchos, pero honestos al fin.  ¡El jazz es y siempre será accesible!» 

 

El jazz es caída libre que se confunde con vuelo, silencio que se confunde con paz, cuerpo que se confunde con instrumento.

 

El jazz es un espejo del instante que quiere ser reflejado en el alma del que escucha; un eco que quiere resonar intacto en el espíritus; euna sucesión de puertas que van abriendo paso a la vertiginosidad de las ideas, que corren libres entre las bifurcaciones, encrucijadas y laberintos que el tiempo va poniendo a su paso, evadiendo caminos conocidos y estirando los límites de la libertad; es tener música resonando en la cabeza a todas horas, hasta confundirse con locura. El jazz es caída libre que se confunde con vuelo, silencio que se confunde con paz, cuerpo que se confunde con instrumento; es la ansiosa espera de la nota que irrumpe súbitamente en nuestra existencia, invadiendo el espacio con un sonido cuyas vibraciones nos sorprenden, nos sacuden y nos transforman.  El jazz es un riesgo que concatena posibilidades para parir un solo momento, el elegido, el que nos toca vivir y escuchar; es nobleza, generosidad y entrega.  El jazz nos enseña que en la vida nada está escrito y que podemos recorrer nuevos caminos que no existían; senderos únicos que nos someten a una aventura en donde el riesgo nos llevará a metas desconocidas.

A través de la improvisación podemos comprender la verdadera esencia del jazz. (Ver mis dos artículos en este mismo blog sobre los mitos de la improvisación). 

¿Cómo podemos aplicar la improvisación a nuestras vidas? 

La improvisación es irrepetible como lo es una conversación entre amigos, es etérea como lo es una manifestación honesta de alegría o de tristeza, y es tan simple como la expresión de un deseo o de un lamento.

Desde que despertamos y decidimos sobre qué lado de la cama nos vamos a levantar para enfrentar la vida. Nada está escrito. Cada segundo elegimos cómo vivir entre un millón de posibilidades. ¿Cómo sabemos la mejor manera de proceder si no es improvisando? Cada movimiento obedece a una trama espontánea que se desdobla mientras la vamos escribiendo. La fuerza de nuestra voluntad arrolla como una avalancha todo lo que encuentra a su paso improvisando, decidiendo con qué inercia vamos a hacer caer las piezas de dominó, causando un efecto que determinará el curso de la historia.  ¡La humanidad es una orquesta improvisadora! Átomos que vamos chocando unos con otros al azar, creando fusiones o explosiones en un carnaval de jazz interminable. ¡Trayectorias que se entrecruzan y otras que nunca se rozarán! Cada gesto sorprende, cada palabra es nueva, siempre dotada de un fresco baño de presente. La naturaleza también jazzea. Combina elementos para mostrar una cara distinta cada día, como si estuviera siendo bosquejada al instante por un pintor que improvisa. La luz siempre es diferente. El paisaje se transforma, y cuando queremos capturarlo, se nos escapa de las manos como las notas de un solo de jazz.  Y cuando miramos con atención, vemos al mundo como si fuera la primera vez, la eterna primera vez, como cuando eramos niños, como cuando decidimos serlo cada día.

Eso es jazz.  La vida es jazz.

Celebremos. 

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